domingo, 11 de octubre de 2009

Gracias a Mercedes que nos dio su canto.



“Gracias a la vida que me ha dado tanto,
me ha dado alegrías, también desencantos,
mas me dio a Mercedes, esa gran cantora
y hoy el mundo llora por esa señora,
pues a la Mercedes le llegó su hora.

Gracias a Mercedes que nos dio su canto …”



Adaptación de Fernando Rivera Calderón, trovador mexicano.



Este pasado domingo 4 de octubre despertamos con la triste noticia de la partida de Mercedes Sosa, la más famosa cantante argentina –cantadora, según sus palabras-, y quizá de Latinoamérica, con una carrera de más de cuarenta años. Tucumana como los grandes folkloristas argentinos, Haydée Mercedes Sosa nació el 9 de julio de 1935; debutó a los 15 años, en octubre de 1950, y diez años después, integró el Movimiento del Nuevo Cancionero. Desde entonces hasta su muerte no paró de cantar, haciendo una extensa gira en el pasado 2008 por América y gran parte de Europa e Israel. En el transcurso de su carrera artística fue una activa militante de la causa de América Latina y por lo que tuvo que marchar al exilio durante la larga dictadura militar argentina; a su regreso fijó su atención en los jóvenes, y cantó temas de Charly García, Fito Páez, Spinetta, Nito Mestre, Djavan, Jorge Drexler, que hoy son los que más recuerdan a La Negra Sosa.

Fue de una admirable generosidad, una de sus cualidades más importantes; abrió las puertas a todos los nuevos cantantes y músicos que iban apareciendo. Sus últimos trabajos discográficos: Cantora 1 y Cantora 2 son un símbolo de esa generosidad. Elegía canciones para hacer conocer a otros cantantes y poetas en el mundo, fue acompañada por artistas como Shakira, Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Diego Torres y Julieta Venegas entre otros.


“Argentina se quedó sin voz” fue el titular al fallecimiento de “La Negra Sosa” como la llamaban sus amigos, en el céntrico barrio de Palermo a los 74 años, como ella quería, “en una mañana de primavera”. Fue velada en el congreso acompañada de miles de personas. La presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner declaró 3 días de luto nacional. La mandataria llegó acompañada de su esposo y la mayor parte de su gabinete, quienes se unieron a la concurrencia para corear las canciones de Mercedes Sosa, como ella pidió que la despidieran.



Su muerte es la pérdida de un símbolo para América Latina; un símbolo de las venas abiertas y las raíces subterráneas que unen a los pueblos latinoamericanos. Su canto ha sido un himno de unidad, de dignidad, de consagración de nuestras culturas. Su origen indígena tan visible en sus rasgos hacía vibrar de emoción esa voz tan melodiosa y cuidada con la cual susurraba sin estridencias un mensaje de unión entre generaciones, estilos y géneros musicales. Mercedes sufrió persecución y exilio, pero nada pudo acallar su voz de poblaciones y de multitudes. Jamás tuvo función oficial ni la menor relación con el Estado; fue la voz más genuina de la provincia multitudinaria que cerca las capitales en toda la geografía de América Latina.



Su voz se entretejió con la magia de los poetas y se enraizó en el canto anónimo del pueblo. Supo proyectar a dimensiones de una belleza cristalina los versos de Tejada Gómez, de Atahualpa Yupanqui o de Silvio Rodríguez. Del mismo modo que lo femenino, la tierra, su sensibilidad, encontró en ella una intérprete que conoció las aventuras y las desventuras, las alegrías y los sufrimientos de las mujeres. Su canto se fue construyendo en el interior de su propia vida, de esos tiempos del amor y de esos otros tiempos de la desdicha ante el abandono; tiempos de la maternidad y del exilio que también encontraron su acogida en la voz de la Negra.



Despedir a la Negra es como despedirse de una parte entrañable de uno mismo; es mirar con melancolía el cierre de una etapa compleja y ardiente de la Argentina y de América latina; es empezar a extrañar el canto de los pájaros, del viento y de la tierra. ¿Es posible despedirse de todo eso? El arte inconmensurable de esa mujer que alimentó nuestros propios recuerdos seguirá abriendo surcos de nostalgia. Su voz, única, mayúscula e inolvidable, seguirá dibujando los surcos de nuestras vidas cada vez que desde algún lugar se escuche su canto. Pero también seguirá ejerciendo sobre nosotros la magia increíble de ofrecernos a través de la sutileza de una melodía o del giro inesperado de una entonación, la posibilidad de viajar hacia el corazón de la memoria. En esos instantes en los que su voz nos vuelva a tocar y a conmover podremos recobrar aquellas sensaciones que, en días lejanos, supo despertar en nosotros el arte eterno de Mercedes Sosa.





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