
. . . Como cada año, la muerte conmemora “su existencia”. Es cierto, la muerte “vive”.
Desde tiempos prehispánicos los mexicanos recordamos cada 2 de noviembre el día de los fieles difuntos, una de las principales tradiciones en México.
Hace mas de tres mil años las antiguas civilizaciones que integraron nuestro país, festejaban ese día con diversos rituales, tradición que continuó inmediatamente después de la Conquista y hasta nuestros días, aunque cada región lo celebra de distinta manera, todas ellas partiendo de la original creencia de que el Espíritu de los hombres era inmortal, y por ende, que existía un lugar a donde iban a parar las almas de los muertos.
No obstante esas fuertes creencias, ahora resulta bastante triste darse cuenta de que una creencia tan arraigada, una tradición tan procurada en el México antigua, sobre todo tan estimada por nuestros ancestros, ha ido perdiendo fuerza poco a poco, según podemos apreciar en los Estados de la República que se encuentran alejados del centro y próximos a la frontera con los Estados Unidos de Norteamérica como el nuestro.
Tal despego podría ser atribuible a la influencia que dicho vecino ejerce sobre nuestro Estado. Dicha influencia ha motivado que cada año sea menor el interés y al disposición de la gente para una celebración formal como de antaño se estilaba.
Una puede pensar que todavía en pueblos pequeños, pudiera ser más común encontrar la tradición totalmente viva, sin embargo, eso tampoco sucede ya.
Por lo pronto refiero al municipio de Linares, N. L., un pueblo pequeño situado a poco más de 100 kilómetros de la capital del Estado, en donde este pasado 2 de noviembre si bien es cierto hubo festejo de día de muertos, el mismo lució muy poco concurrido, levemente colorido, podría decirse que lució “bastante muerto”.
Mucho muy diferente a otros años en los que uno tras otro acudíamos desde pequeños en familia a conmemorar el día, en esta ocasión pude apreciar muy poca gente en los panteones, pocas familias reunidas en rededor de las lápidas; flores escasas que hacían resaltar la blancura de los sepulcros sin el típico colorido floral de esa época; abundaron las tumbas abandonadas, que yacían grises, sucias, solo hierba en derredor. Afuera, un pequeño número de vendedores por la calle, los floristas exhibía pocas flores y de tipos o especies limitados, todo distinto. . . extrañé inclusive el aroma de los elotes hirviendo o asándose.
Ni qué decir de la mínima presencia de altares. Uno, a la entrada del panteón municipal, pequeño, mucho muy sencillo, aunque sí circundado con velas encendidas todas y con flores de cempasúchil y con el detalle de tener sentado a la derecha en una banca, una pareja simulando esqueletos hechos de latas y fierro que atraía a los curiosos inclusive para tomarse fotos a su lado, confirmando con ello la característica ausencia de temor a la muerte por parte del mexicano y lamentablemente el poco respeto a las creencias de los antiguos.
Otro altar, lo encontramos al lado de la capilla del Panteón de San Felipe, también sencillos, con dos o tres fotos y muy pocos accesorios, medianamente colorido, pocas flores y pocas luces.
En la plaza principal, apenas en la tarde del mero día 2 de noviembre, empleados municipales se daban a la tarea de montar su altar, como necesidad primordial de proyectar el interés por al autoridad por rescatar una tradición que sin duda alguna lentamente va muriendo.

Con independencia del cambio de panorama que observamos aquel día, mi familia cumplió con su ritual de siempre, acudimos a limpiar la sepultura en donde descansan los restos de mis bisabuelos y algunos tíos, así como la tumba de mi abuelo, todos por parte de mi madre; adornamos con flores frescas la tumba; rezamos en torno al sepulcro familiar. Luego visitamos otras tumbas de distintas personas, entre familiares y amigos. Todo ello lamentando la agonía de una tradición que gozamos en su tiempo, ante el ambivalente sentimiento por el dolor simultáneo que nos causa el recuerdo de la partida de nuestros seres queridos, cuyas almas, confiamos, han encontrado ya el camino al cielo, en donde esperamos en el Señor reencontrarnos en su momento.
Así sea. . . mientras tanto, ¡qué vivan nuestros fieles difuntos!
Ni qué decir de la mínima presencia de altares. Uno, a la entrada del panteón municipal, pequeño, mucho muy sencillo, aunque sí circundado con velas encendidas todas y con flores de cempasúchil y con el detalle de tener sentado a la derecha en una banca, una pareja simulando esqueletos hechos de latas y fierro que atraía a los curiosos inclusive para tomarse fotos a su lado, confirmando con ello la característica ausencia de temor a la muerte por parte del mexicano y lamentablemente el poco respeto a las creencias de los antiguos.
Otro altar, lo encontramos al lado de la capilla del Panteón de San Felipe, también sencillos, con dos o tres fotos y muy pocos accesorios, medianamente colorido, pocas flores y pocas luces.
En la plaza principal, apenas en la tarde del mero día 2 de noviembre, empleados municipales se daban a la tarea de montar su altar, como necesidad primordial de proyectar el interés por al autoridad por rescatar una tradición que sin duda alguna lentamente va muriendo.

Con independencia del cambio de panorama que observamos aquel día, mi familia cumplió con su ritual de siempre, acudimos a limpiar la sepultura en donde descansan los restos de mis bisabuelos y algunos tíos, así como la tumba de mi abuelo, todos por parte de mi madre; adornamos con flores frescas la tumba; rezamos en torno al sepulcro familiar. Luego visitamos otras tumbas de distintas personas, entre familiares y amigos. Todo ello lamentando la agonía de una tradición que gozamos en su tiempo, ante el ambivalente sentimiento por el dolor simultáneo que nos causa el recuerdo de la partida de nuestros seres queridos, cuyas almas, confiamos, han encontrado ya el camino al cielo, en donde esperamos en el Señor reencontrarnos en su momento.
Así sea. . . mientras tanto, ¡qué vivan nuestros fieles difuntos!
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